Por Marco Puricelli
Esta no es una nota sobre fútbol.
Pero sí.
No vengo del núcleo duro del
fútbol. Por eso todavía no asumo cuando alguien, compartiendo sillón, dice:
"puede que estemos viendo los últimos partidos de Leo”. Ver a esta
Selección se volvió algo cotidiano, aunque todos sepamos que estamos frente a
un fenómeno absolutamente excepcional.
Con el tiempo se volvieron
comunes muchas cosas que, en realidad, no lo son. Este equipo marcó a una
generación y está moldeando una forma distinta de entender el éxito, el liderazgo
y el trabajo en equipo en un país donde el fútbol siempre tuvo un poder
gigantesco.
Messi emociona porque nunca
necesitó parecer invencible. Llora, se frustra, se enoja, disfruta. Habla del
equipo mucho más que de sí mismo. Y, siendo probablemente el mejor futbolista
de la historia, eligió incluso priorizar la tranquilidad de su familia por
sobre el prestigio de una liga. Es un liderazgo inédito en argentina: el de
alguien que hace de la humildad, posiblemente sin saberlo, una forma de ejercer
el poder.
También resulta valioso que el
éxito vuelva a asociarse con el esfuerzo, la disciplina y una vida saludable. A
los 39 juega de igual a igual con jugadores casi veinte años menores. Alto
mensaje.
Pero esto no se explica solamente
por Leo. Lo extraordinario es el grupo. Da la sensación de que entendieron
desde el primer día que el bienestar del otro también forma parte del éxito
propio. Incluso Scaloni termina siendo central como los ídolos, porque
transmiten que nadie gana solo.
Por eso también me costó tanto
ver al Dibu en campañas de juego online. Justamente porque el cariño de
millones de chicos también implica una enorme responsabilidad. Siempre recordé
una reflexión de Kofi Annan durante el Mundial de 2006: decía que el fútbol
tenía una capacidad de influencia sobre las personas que muchas veces ni la
política ni los organismos internacionales podían alcanzar.
Y tenía razón.
En Argentina no estábamos
acostumbrados a convivir con ídolos tan humanos, tan colectivos y tan
empáticos. Tal vez por eso hoy también somos más exigentes con quienes ocupan
los pósters y las figuritas de nuestros hijos.
Nunca escribiría una nota de
fútbol. Hay millones de personas que saben mucho más.
Pero esto tampoco era una nota de
fútbol.
Son cosas que vi sobre veintiséis
personas que, mientras hacen magia con una pelota, ayudan a poner ladrillos
para construir una cultura diferente.